El Yoni. II Parte de Crónica de la princesa y el guisante o Diario de un Huevo de Obsidiana / Luisa Mancilla

Ciudad de México, México.

Pensaba empezar este texto con la experiencia de haber dormido con el huevo. El sábado marcaba el final de mi ciclo menstrual, todo estaba listo, menos yo. Los cinco días hábiles detrás se llevaron mi aparente estabilidad. Pensaba que había mercurio retrógrado, no tuve ni tiempo de comprobarlo, cuando recibí un mensaje de mi mamá preguntándo cómo llevaba las oposiciónes. ¿Oposiciones? Las astrales, me dice. Al parecer, Cáncer estaba en llamas, activa en varios planetas y curiosamente haciendo a nivel colectivo lo que también hace el huevo de obsidiana. 

Me tropiezo con las ramas que crecen en exceso desde mi cabeza. Luego de revisar el monitoreo diario que hace el CENAPRED del volcán Popocatéptl, sentí vergüenza porque otra vez no seguí mi brújula interna. La pandemia ha sido una obligación a verme de frente, enfrentarme a lo que hay en casa. Y cuidarlo. Cuidar las casas: la que tiene techo, la que tiene cabeza y la que está debajo de mis pies… Ahora entramos a la era de Leo y veo en los comentarios de un post que hace un astrólogo al respecto: “Venus influencia la manera en que nos relacionamos”. Sin tener la certeza de estar haciendo conjeturas atinadas, conecto los cables: todavía no me siento completamente enamorada de mí misma.

El amor propio y su trending topic. Se generaliza y se generaliza y se hace una producción masiva de frases motivacionales que hacen click para esparcirse segundos después en el aire. No existe el antídoto perfecto para que todos los días me levante amando cada una de las células de mi cuerpo. Hago muchas cosas para que sea así y eso me trajo aquí, a escribir en este espacio que he construido y que es tan mío y a la vez me pertenece tan poco como el ratico que permaneceré en la tierra. Sí, el amor me trajo aquí, pero también el desamor. ¿Será que que el desamor también me llevará a enamorarme locamente de mí?

Al huevo también le dicen huevo Yoni. El grupo de apoyo en whatsapp empezó llamándose “Osiris”, por la referencia que mencioné en la primera parte de la crónica, pero luego que Estef se unió con un Yoni de cuarzo rosado, lo renombramos. Yoni es una palabra en sánscrito que hace alusión al útero y a los organos sexuales femeninos, vasijas de vida. Hay huevos yonis de otras piedras: de cuarzo rosado, de jade… realmente se pueden encontrar de una gran variedad de cristales según lo que se desee trabajar. Hablo desde mi orilla, que no es de la experticia, cuando afirmo que mi principal recomendación a aquellxs que sientan el llamado del Yoni, es mantener equilibrio y mesura entre el informarse y la intuición, dándole siempre más peso a la segunda. Sobre todo, esta es una experiencia halada por la intuición. La intuición disipa la duda y el cuerpo habla antes que la mente.

La primera noche, antes de introducirlo, sentí miedo, intriga y curiosidad. Una mezcla de emociones que sólo había experimentado particularmente en otro momento, cuando probé por primera vez el LSD. El respeto a los mecanismos de un elemento externo que me muestra la verdad de una manera inducida y la tenacidad de no poder despegar la mano de la manilla de aquella puerta que no me permitiría dejar de abrir.

La primera noche solo usarlo dos horas; la segunda, cuatro horas; la tercera noche, seis horas o toda la noche.

Luego de esterilizar el huevo con agua y bicarbonato, medité y me recosté en la cama con el huevo entre las manos. Respiré profundo y con delicada suavidad lo introduje, sin afán y con cariño entró practicamente sólo y cuando me di cuenta ya estaba bien adentro. Me sonreí, porque yo fui el hoyo negro y capaz el huevo es un imán, porque siempre fue parte de él. 

A las 2 horas, más dormida que despierta, me levanté a sacarlo, tan solo con una pequeña presión desde mi interior el huevo salió y llegó dócil a mi mano, que lo esperaba paciente en la puerta de la entrepierna. Lo lavé y me volví a acostar. Tardé en conciliar el sueño. No estaba totalmente consciente, me mantenía activa el efecto vibrante del huevo que ya no acobijaban mis paredes vaginales. Pensé en el LSD y la delicada pero poderosa sensibilidad que despierta y se queda horas después de su consumo.

Al día siguiente comenté en el grupo mi experiencia. Mis amigas naturalmente le llamaban Yoni, a lo cual me resistí en un principio. Pero luego de la primera noche, sintiéndolo, sí quise llamarlo también el Yoni. Como toda la vida, juego y desarmo siempre las palabras. Yoni. Yo, ni. Ni yo. ¿Negación del yo o desentendimiento de responsabilidades? A veces también le decimos de cariño “El Osi”.

Noto que desde que empecé a usar el huevo me siento más sensible a los ciclos de vida y muerte que hay en todo, en el día a día, en la rutina. Hay momentos en los que paro. Suelto las infinitas listas de cosas por hacer y siento más vacío el vacío; soy vacío. Me sobrecoge un espacio sin tiempo de, quizás, un par de minutos (o segundos) que me convierto en un recipiente vacío o en un vacío relleno (relleno de vacío); y todo mi alrededor es hoyo. No hay piso ni techo. No hay paredes. Siento el vacío de morir. Una parte de mi deja de existir y estoy presenciando su fin en niveles tan profundos que ni las palabras llegan, pero todo en mi tiembla. No tiembla terremoto, vibra. Es suave, profundo. No puedo ser consciente en la práctica de los niveles energéticos que mueve el Yoni, pero tengo la certeza de que la “consciencia”, así entre comillas, llega después del temblor. Llega a señalar el cambio, las consecuencias, los efectos colaterales. La consciencia del cambio realizado llega después, pero la consciencia de querer el cambio es la que inicia el movimiento que detona ese cambio. 

Veo la planta de mi escritorio. Me la regalaron sin yo quererla ni buscarla. No me gustaron sus hojas. Estaba un poco seca cuando me la dieron. Sacar las hojas con los bordes amarillos y secos fue lo primero que hice antes de ubicarla en el espacio más cercano a mi. En realidad, de mis plantas es con la que más interactúo entre semana, la tengo en primer plano, en mi espacio de trabajo. Ahora parece otra a la que me dieron, está verde y frondosa. No para de dar hojas nuevas y de pedirme que le saque las secas. Le tenía poca fe y ahora es ella la que me la devuelve. 

La muerte ha empezado a ser una visitante diaria. Las primeras semanas me respiró muy de cerca la idea de mi muerte. Mi propia muerte. El fin de esta vida. ¿Qué es existir? Sin una voluntad firme de hacer algo para acelerar su fin, pude ver lo que sí he hecho para atraerlo. Una y otra y otra vez vuelvo a abrir la misma puerta de la habitación donde brilla la pregunta “y ¿qué pasaría si… mañana ya no existo?”. Cuestiono si la cercanía del fin es la que logró desbloquear esa parálisis creativa que tenía hace años o si sencillamente es un impulso consecuente del pánico que genera la idea de ser parte de los números ascendentes de una pandemia que amenaza con acabar con todos. Me devuelvo al fenómeno del que varios hablan sobre aquellos que tienen esa seguridad de saberse prontos a despedirse y cuya alma entra en un proceso de ir soltando arrepentimientos para aligerar su peso antes de dejar el cuerpo físico. Todos los días muero, pero también todos los días cumplo años.

La obsidiana mueve la energía adentro y afuera, me advirtieron dos grandes conocedores de la piedra. Las heridas se muestran, se hacen innegables. Y lo innecesario o necesario se corta o se expone. Mostrar una herida frente a otra, a carne viva y esclarecer aprendizajes no es sencillo. La emoción confunde. El ver a otro desde la herida resaltará en este todo aquello que la respalde y que la compruebe. Espejos heridas. Pero ¿qué hay más subjetivo que la mirada? Olvidamos que todo se derrumba ante lo inevitablemente incomprobable del sentimiento. Ver a través de la herida dirige la atención al otro y no a la herida misma, a la propia. Se proyecta en el otro desesperada de no recibir atención y cae en el riesgo de herir al otro por querer ser visible ante sí misma. 

Ver de lejos las personas, los quereres, los dolores y las historias. He herido sin quererlo y queriendo. Le he pasado la lija a la punta de mi lengua para no usar de flechas mi verbo cuando me arden las entrañas y llevo el volcán como cabello. Cuando quiero mucho duele, ¿si no duele no es amor? Porque hay apegos y expectativas o porque el placer de amar duele como señal de expansión. Duele también cuando me hieren y aunque todavía ame, necesito tiempo, para cerrar la herida, lamerla y desinfectarla. Tiempo al tiempo dicen y, al tiempo, el tiempo no existe. La muerte existe.

¿Ser feliz es sentirme amada, por mi misma, por otros y por el universo? Veo una figura oscura que me sigue, no se despega de mis talones y solo aparece cuando el sol se angula de una manera opuesta a ella. Tiene mi complexión, mi contorno, a veces exagera y se elonga, verla es verme en versión agigantada o engrosada. Negra, oscura, no parece mirarme de vuelta. No tiene ojos ni espalda, solo me imita en su lenguaje de oscuridad. Ahora que tanto la he visto me rindo ante su incertidumbre. Está bien que me toque los talones cuando camino, que no la vea de frente. Está bien no saberlo todo, ni de mi, ni de ti, ni de nadie. Está bien ser, con contrastes y con claroscuros sin mayor cuestionamiento ni juicio de intermedio. No es difícil soltar los juicios una vez me entiendo humanamente irregular. Mientras me divierta, me tomaré las cosas en serio, y viceversa. Me mantendré de pie mirando al frente. O cerrando los ojos. Y respirando, siempre. Respirando.

Antes de usar el huevo hablé con muchas personas, y con las chicas, de la posibilidad de que el huevo se quedara dentro, ese miedo. Ante este, la respuesta era clara siempre: si se queda dentro es porque tiene que seguir trabajando y saldrá cuando esté listo. Solo hasta el último ciclo del tratamiento, es decir, luego de la tercera y última menstruación de los tres meses que lo comprenden, me sucedió. Generalmente, el yoni salía solo, con un leve empujón en la primera ida al baño matutina. Pero estos últimos días, quiso quedarse un rato más. El día más simbólico fue el 17 de septiembre, día de luna nueva en mi signo solar (virgo), que no quiso salir nunca y volví a dormir con él puesto. Más de 24 horas con la obsidiana y la única vez que escribí este texto con ella puesta. Recuerdo que Fa me dijo de una amiga que no sintió nada extraordinario, pero que el huevo de obsdiana duró meses en su interior, hasta que decidió salir. Permitirle ser y estar conmigo ha sido de las lecciones más hermosas que me ha dejado.

El afán de ponerle nombre a todo puede llevarse consigo la esencia del misterio, de la incertidumbre. No se nombra lo que se siente, no se está presente cuando se piensa en nombres, cuando no hay una certidumbre de lo que está pasando, pero sí una seguridad de estarla pasando bien.

La obsidiana es vasija, refleja y corta, escuché. Desarticularme y distanciarme de manera abrupta de uno o de varios que se encontraban cerca y no me hacían bien ha sido entender que no necesito a nadie más que a mí, ha sido asumir el dolor y la liberación de esa verdad. Me genera impotencia la facilidad con la que me muestro y el fervor con el que me encariño de todo aquel al que reconozco cerca. Le acerco mi dedo índice esperando que lo toque con la punta del mismo dedo suyo, pero no lo hace, ni siquiera me mira a los ojos. Sus ojos cargan una mirada perdida que no va a ninguna parte, ni adentro ni afuera. Trato de discernir el momento exacto en el que llegué a querer tanto a alguien que no me devuelve la mirada, que no levanta el dedo y ni siquiera busca hacia dónde señala la punta del mío. Dejo la reflexión en el grupo. Recibo las respuestas con las mismas palabras que usé al hacer la pregunta. Recibo amor y agradecimiento por mi capacidad de abrirme y entiendo que todo lo que se va o de lo que me voy deja espacio para un amor más grande, como el de mis amigas. Siempre vuelvo a mis amigas, porque, lo repito como disco rayado, mis amigas me salvaron la vida.

Veo un pedazo de piel que emerge asimétrico de la esquina de la uña del dedo pulgar de mi pie izquierdo. Pellejo con forma de pestaña que me pide que lo arranque de su existencia indeseada y sobrante. Como soy diestra, cierro casi completamente el espacio entre el pulgar y el índice de mi mano derecha y como el polo de un imán busco que el pellejo complete el espacio vacío entre ellos, doblo mi espalda, doblo las piernas, me convierto en un círculo como el dormir de un gato o la postura fetal que mantuve 9 meses al principio de este ciclo vital. Halo el pellejo pestaña y empiezo a abrir una portal que ya no podrá cerrarse, porque el picaporte de su puerta era un pedazo de piel pellejo que ahora se lleva toda la piel que le rodea. Descubro los demás dedos del pie, veo músculos, venas y demás hilos de colores rojizos, verdes y azulados, redescubro su arco, que tantos años he trabajado en mantener levantado para mejorar la postura del resto del cuerpo. Desnudo mi talón, no puedo parar de arrancarme la piel halada desde un borde que sostengo con apenas dos dedos de mi mano. Veo los músculos que conforman mi pantorrilla y pienso que en otro momento habría considerado que dolería menos ver tanta piel desprendida de mí si la arrancara con más rápidez. Pero hoy tengo tiempo. Y quiero contemplar desaprendida. Sigo halando y veo mis rodillas, que se van para adentro y que todavía hoy intento corregir para evitarme una segunda o tercera lesión. Llego a mi entrepierna y paro. Arrancar la piel de esta zona implica ahora mis dos manos y ya no halo, empujo. Veo cómo desprendo sin cera el vello que rodea la zona. Me divierto un momento con el área del ombligo y el abdomen, sus relieves, su grasa, acaricio las curvas en la medida que les quito su envoltura. Llego a mi pecho y la piel vuelve a ser suave y delicada, tomo la piel que me quito con los dedos en forma del mudra gyan, dedo índice y pulgar tocándose a través de la piel. Halo con los ojos cerrados, a un ritmo que ya no es mío, me hala una luz que sale del pecho. Hay luz pero no veo nada.

Prometí amar y cumplirme promesas. Cumplirlo y caminar a contraviento, contramarea y contra mi misma. Contra aquella que prometió amar para convertirse en otra que pueda cumplirlo.

Foto del grupo de whatsapp “Yoni”

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